Sesiones con Cuencos tibetanos

Los Cuencos Tibetanos, una historia de Amor (y algunos consejos para utilizarlos)

La primera vez que puse atención en un cuenco tibetano fue en la selva peruana, hace unos 15 años atrás. Extraña mescla de chamanismo amazonico con un objeto hindú...

La primera vez que les use en mi actividad profesional fue cuando era docente con una clase de niños de siete-ocho años, en Francia. En 2010. El cuenco me servía de objeto “ritual” para empezar la clase. Los niños sabían que al entrar en clase, tenían unos minutos para instalarse. Cuando empezaba a sonar el cuenco, tenían que estar sentados. Y cuando terminaba de sonar, debían estar todos sentados en silencio y listos para empezar a trabajar. Funciono siempre. Durante el día, cuando subía el nivel sonoro en el aula, hacía sonar el cuenco de nuevo: era la señal, para los niños, que tenían que bajar la voz y tranquilizarse. Siempre tuve muy buen resultado: cuando terminaba de sonar el cuenco, los niños se tranquilizaban y regresában al silencio en seguida. Si estábamos en una actividad que requiere intercambios entre los alumnos, retomaban las conversaciones en voz baja. 

Un día, regale un cuenco a una amiga y hemos empezado a probarlos sobre nosotras mismas, sin saber que existían los masajes sonoros. Nos encantaba el objeto y el sonido casi “mágico” que produce, nos fascinaba, pero nunca tuvimos la idea de buscar más allá. Lo usábamos de manera intuitiva y para nosotras mismas.

Después, con el tiempo empecé a usar los cuencos durante las clases de Yoga, para la relajación final. Y es justamente en este momento, cuando empecé a interesarme más al Yoga y estudiarlo, que empecé a querer saber más sobre los cuencos también.

Me compre una pequeña colección de cuencos para poder jugar con diferentes tonalidades y vibraciones. En cada tienda dónde encontraba cuencos, pedía información sobre ellos, su uso terapeutico etc. Me fascinaban cada vez más. Durante cada masaje o relajación, algo "raro" pasaba. Después de la experiencia con los cuencos, muchas personas tenían ganas de compartir su experiencia y en general: hablaban de haber sentido vibrar todo su cuerpo, o algunas partes (a pesar de que yo había tocado lejos de ellos), otros se ponían a llorar o decían haber tenido visiones… Cuando empecé a aplicar los cuencos directamente sobre el cuerpo de las personas, a veces pasaban cosas extrañas: como el cuenco que se sobrecalienta por ejemplo, o que no suena al girar en un sentido y que empieza a sonar de manera diferente a su sonido habitual al cambiar el sentido de giro. A veces una emoción desagradable nacía en una parte del cuerpo del paciente, y al decírmelo yo ponía el cuenco en este lugar y el cuenco se calentaba, hasta liberar la emoción (¡o hasta que la emoción desagradable desaparezca por lo menos!). En fin, pase un tiempo experimentando con personas voluntarias y que sabían que yo no tenía ningún tipo de formación, sino que estaba simplemente probando y siguiendo mi intuición.

Hoy, seguí unas formaciones que me permitieron adquirir más herramientas, conocimientos, ideas y protocolos para realizar masajes sonoros. Así desarrolle (y sigo desarrollando) mi propia manera de usar estas hermosas herramientas que son los cuencos. Más allá de las técnicas, protocolos y teoría que acompañan el uso terapéutico de los cuencos – ya lo intuía y los intercambios con otros profesionales me lo confirmaron – todo está en la práctica: encontrar su propia manera de manipular los cuencos, tener una intención y una actitud positiva, de respeto hacia la persona que recibe el masaje vibro-acústico o baño sonoro. Lo más importante cuando uno realiza un masaje vibro-acústico o baño sonoro, es su capacidad a conectarse consigo mismo, escuchar su intuición, actuar con cuidado, con mucha delicadeza, y con Amor. Hay que estar en harmonía, saber encontrar la harmonía o una cierta harmonía en si-mismo para poder comunicarla mediante los cuencos. Hay que saber estar presente y atento, y en mismo tiempo saber “desaparecer” atrás del sonido del cuenco para que la persona que recibe no sienta nuestra presencia, sino únicamente la de los cuencos…  No es fácil y necesita mucha práctica, pero: por allí va.

Lo que hay que evitar en absoluto (¡para mí!) son los golpes abruptos, los escapes de baquetas, o peor: de cuenco, o hacer chocar los cuencos entre sí, sobrepasarlos en vibraciones o hacerles sonar muy fuerte y durante mucho tiempo, o quedarse mucho tiempo sin silencio. Me parece que son errores que malogran totalmente un momento de relajación para la persona que recibe. Además, una vez que hicimos una torpeza, la persona se va a quedar alerta, pensando consiente o inconscientemente que puede volver a pasar, y no se relaja totalmente.

Entonces, en esta búsqueda de dar un masaje o baño sonoro de manera consiente y dando lo mejor de lo que podemos, trabajamos elementos que también busca desarrollar el Yoga: la unión y coherencia entre cuerpo, mente y espíritu. Usamos y desarrollamos la habilidad y destreza del cuerpo en las posturas que usamos al dar el masaje y el control de la gestualidad, trabajamos la mente con toda la concentración y paz interior que requiere, y el espíritu en la actitud que adoptar – entre otras cosas: observar, percibir, no juzgar, respetar, ser humilde, tener intenciones positivas y de Amor. Usar un cuenco para dar un masaje o un baño sonoro también permite trabajar la introspección tanto como la conexión con el exterior. Desarrollamos lo que sentimos y percibimos, porque también recibimos vibraciones e información de parte del paciente.

Para mí, los cuencos tibetanos fueron un descubrimiento extraordinario y amoroso. Permiten comunicar Amor y bienestar, ¡hacia uno mismo y hacia los demás! 

Cuencos tibetanos

Buda orfebre